domingo, 15 de agosto de 2010

EMPATIZAR CON JESÚS

Nuestras relaciones con las personas o situaciones generalmente se mueven en los siguientes niveles de afectos: apatía, simpatía y empatía. La apatía es la actitud de quien muestra un total desinterés por los demás, incluso por sí mismo. Es la indolencia ante los sufrimientos de otros, es la falta de vigor ante las adversidades. En este nivel están quienes detestan las exigencias. En cambio, la simpatía es el modo por el cual determinada persona nos es atractiva o agradable. Es el nivel en que se da una especie de intercambio de afectos mutuos de manera espontánea pero que aún le falta el componente de una mayor implicación que haría de una relación algo más sólido y estable, o en todo caso, su implicación buscaría una cierta compensación. Por su parte, la empatía es el nivel que nos hace sentir los sentimientos o las emociones de otros como si fueran de uno mismo. Con ella se tiene la capacidad de estar literalmente en los zapatos o en el pellejo de otro para comprenderlo mejor, lo cual nos libera del juicio y la condena. Es saber apreciar el mundo como el otro lo aprecia, es el nivel de quien asume compromisos de por vida con y por los demás hasta la última exigencia.

La relación de afecto que sostuvo Jesús con los hombres fue, sin duda, el de la empatía, pues él se hizo uno como nosotros en todo, excepto en el pecado (Heb 4,15). Asumió nuestra condición humana con todas sus limitaciones. Buscando liberarnos de todo aquello que atropellara la dignidad humana (leyes injustas, enfermedades, exclusiones, posesiones diabólicas, explotaciones, etc.) no rehuyó enfrentarse a los poderosos de su tiempo. Incluso, por nuestros pecados llegó a ocupar el sitio que, por ser inocente, no le correspondía: la muerte en cruz; en efecto, fue tal su compromiso de amor por nosotros que no escatimó la ignominia de la cruz. Además, nos devolvió la esperanza y el sentido de la fe con su resurrección.

Nuestra relación con Jesús puede ser apática si no somos capaces de dar fruto por miedo de no estar a la altura de las exigencias o por incapacidad de renunciar a nuestras seguridades. Es la actitud de aquel que esconde su talento y que por no trabajarlo descubre que no tiene nada que dar a cambio (Mt 25,24-27). O bien, nuestra relación con Jesús puede resultar simpática, cuando buscamos triunfo, reconocimiento, poder, prestigio, comodidad, etc. Se sigue un Jesús buena onda, uno que nos hemos hecho a nuestra medida para asegurarnos una vida cómoda, un espacio que, sin saberlo cómo, poco a poco nos fue encapsulando. Ejemplo de ello es aquel hombre importante -o el joven rico-, que se creía buena gente, que simpatizaba con la persona de Jesús, pero que a la hora decisiva de dejarlo todo para seguirlo prefirió optar por sus riquezas. Su desenmascaramiento le dio mucha tristeza (Lc 18,18-23).

Empatizar es el afecto del desprendimiento, la capacidad de salir de nuestra cómoda situación para ubicarnos en la situación de los demás. Es romper con amarras, miedos y prejuicios que nos impiden hacernos cercanos con los hombres. Es la actitud de quien asume compromisos duraderos sin prisas ni desesperaciones porque sabe caminar pacientemente al ritmo de los demás y sin los cuales no se atrevería a emprender nada. Empatizar con Jesús es saber ver el mundo con los ojos de Dios, es amar los hombres y el mundo como los ama Dios. Ponerse en las sandalias de Jesús es vibrar de alegría y de agradecimiento por los dones tan maravillosos que Dios día a día nos concede, pero también es ponerse en la cruz para contemplar el mundo con ojos de misericordia. Empatizar con Jesús es hacer nuestra su vida misma, hasta poder decir junto con san Pablo: "Y ya no vivo yo, sino que es Cristo quien vive en mí" (Gál 2,20).

Para reflexionar:

¿En qué nivel de afectos me encuentro en relación a Jesús: apatía, simpatía o empatía? ¿Qué obstáculos encuentro para llegar al nivel de empatía o mantenerme en este nivel? ¿De qué manera hago mía la vida de Jesús, su pasión por el reino, por la vida y por el hombre?

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